La herencia de Gramsci entre filosofía, filología y política. Entrevista a Gianni Francioni

Quisiera comenzar con una pregunta que no se refiere directamente a la nueva edición crítica de los Cuadernos de la cárcel, dirigida por ti, sino a sus lejanos antecedentes, por así decir. Tu primera investigación sobre Gramsci, si no me equivoco, se remonta a 1977, cuando, en el encuentro de Firenze sobre Politica e storia in Gramsci, formulaste por primera vez tu interpretación sobre los Cuadernos. ¿Puedes contarnos cómo llegaste a esa formulación? ¿qué te llevó a tomar la iniciativa de esa ponencia? en resumen: ¿cómo nació tu Gramsci? ¿cómo llegaste a Gramsci? Además, si lo deseas y crees pertinente para el tema que estamos discutiendo aquí, ¿puedes hablarnos de tus estudios en la Universidad de Pavía?

Mi descubrimiento de Gramsci ocurrió durante mis años de secundaria en Cerdeña, estimulado por un profesor de filosofía del Derecho, Antonio Pigliaru, autor, entre otras cosas, de una ponencia sobre La herencia de Gramsci y la cultura sarda en el Encuentro internacional de estudios gramscianos celebrado en Cagliari en abril de 1967. Pigliaru –quien murió en 1969 a los 47 años– era un punto de referencia imprescindible para la izquierda en la isla y en particular para la generación más joven, logrando ejercer una gran influencia en mi formación temprana. Cuando me inscribí en la Universidad de Pavía en 1968, ya había leído los Cuadernos de la cárcel en la edición temática de 1948-51. Durante mis años universitarios, continué estudiando el pensamiento de Gramsci, si bien no era abordado en los cursos que seguía entonces (sobre Hegel, Marx, Lukács, Sartre, Althusser, etc.), ni fue objeto de especial interés por parte del movimiento estudiantil al que yo pertenecía. Obviamente, mi Gramsci estaba muy condicionado por el clima político de la época: un revolucionario ″traicionado″ por la posterior involución ideológica de su Partido…

También debo destacar que, aunque estaba inscrito en Filosofía, desde el primer año de la universidad me impresionaron mucho las lecciones que Dante Isella dedicó a la ″filología de autor″ en su curso de Literatura italiana. Creo que desde entonces se formó en mí la idea de que la crítica textual era un método que se podía aplicar de manera útil al estudio de textos filosóficos modernos y contemporáneos, en los que mayormente estaba interesado.

Terminé mis estudios universitarios realizando una tesis de grado sobre Gramsci (La formación del joven Gramsci, 1914-1919) en la que intentaba reconstruir una filosofía in nuce coherente en los escritos juveniles anteriores  a la formación del grupo «L’Ordine Nuovo». Un trabajo bastante parcial (basado además en los artículos atribuidos a Gramsci hasta ese momento, es decir, un número sustancialmente reducido de textos) y, en última instancia, incorrecto en su pretensión de encontrar un “sistema” filosófico en el joven Gramsci, algo que nunca quise volver a reelaborar ni publicar.

Después de obtener mi título universitario, Gramsci para mí seguía teniendo un interés secundario durante algunos años, mientras que mis primeros estudios en el campo histórico- filosófico se centraron en Marx y sus escritos como las Tesis sobre Feuerbach y la Ideología alemana. En 1975, la nueva edición de los Cuadernos de la cárcel editada por Valentino Gerratana me atrajo nuevamente hacia Gramsci. Luigi Poma, un filólogo riguroso que entonces era asistente de Isella, después de haberla examinado cuidadosamente, me planteó varias dudas sobre dicha edición, instándome a estudiarla. Lo que hice, “desmontando” y verificando el trabajo de Gerratana. Los puntos de desacuerdo con las soluciones adoptadas aumentaron. Entonces, gracias a Mimma Paulesu Quercioli (quien me presentó a Elsa Fubini), tuve la oportunidad de verificar los manuscritos. Viajé a Roma, a la sede del Instituto Gramsci (que aquel entonces se ubicaba en la avenida del Conservatorio), pudiendo durante una semana revisar los originales. El resultado fue el escrito que mencionabas, Per la storia dei ″Quaderni del carcere″, presentada en el Encuentro de Firenze en 1977 sobre Politica e storia in Gramsci. Ese informe es el primer trazo de L’Officina gramsciana, a la que me dediqué los años siguientes y que fue publicada en 1984.

El libro que acabas de mencionar, L’officina gramsciana, tiene un título sugestivo en su concreción, que se inserta en una metáfora específica (Michele Ciliberto publicó en 1980 un ensayo, replanteado en 1982, titulado «La fabbrica dei Quaderni»; mucho más tarde, el 2008, Alvaro Bianchi publicará también un libro titulado O laboratorio de Gramsci) que evoca el trabajo y el carácter experimental de los Cuadernos de la cárcel. Pero tal vez tu intención era –dada la referencia a L’officina della ‘Notte’ de Dante Isella– un poco diferente: interna a las cuestiones que determinada escuela (Contini e Isella) había formulado, en relación con la relación filología-crítica y, más específicamente, en relación con la forma en que Isella abordó en ese ensayo el edificio de las variantes del Giorno de Parini: buscando su “sistema” pero al mismo tiempo manteniendo una “noción dinámica” del texto a estudiar. ¿Podrías profundizar en estos puntos, a la luz del hecho de que L’officina fue el primer texto en el que el manuscrito gramsciano fue analizado con un método filológico?

De hecho, como mencionaste, mi Officina gramsciana hacía referencia explícita a un libro de Dante Isella, L’officina della ‘Notte’ e altri studi pariniani (1968), en el que se presentaba un caso ejemplar de «obra in fieri», a la cual el autor se había dedicado durante décadas sin llegar «nunca a poner un término definitivo» a su trabajo. Con ese título yo rendía homenaje a un profesor de quien había aprendido mucho.

Comencé mi residencia académica en 1972 en la Facultad de Letras y Filosofía de Pavía, en la que los intercambios interdisciplinarios y el interés de los académicos por áreas de estudio diferentes a las propias eran muy intensos (hoy, en tiempos de especialización excesiva y cerrada, parece otro mundo…). La escuela de filología de Pavía era un polo de atracción indiscutible, y tuve la oportunidad de interactuar no solo con Isella y sus colaboradores (además de Poma, Cesare Bozzetti y Franco Gavazzeni), sino también con otro filólogo y crítico de la talla de Cesare Segre. Fue así como, en conversaciones con estos maestros, maduró en mí la convicción de que se podía hacer historia de la filosofía practicando la “filología de autor” y la “crítica de las variantes”, es decir, a través del estudio de la génesis y la estructura “en movimiento” de los textos filosóficos. Inspirado también en la crítica génétique francesa, que Segre había redefinido desde un punto de vista teórico, amplié el campo de mi interés a los apuntes preparatorios, los manuscritos y las diferentes redacciones de una obra. De estas influencias surgieron sugestiones importantes para abordar un texto “abierto” e incompleto como el de los Cuadernos, compuestos por Gramsci sobre la base de programas de investigación posteriormente modificados y adaptados.

En resumen, gracias a estas influencias, hacer la “historia interna del texto”, desde el primer esbozo hasta lo que representa la última voluntad del autor, pasando por las partes rechazadas, correcciones y adiciones, se convirtió en mi forma de trabajar, no solo con los Cuadernos de Gramsci, sino también en los documentos del iluminismo lombardo (Beccaria, Verri, «Il Caffè») a los que, en determinado momento, me dediqué predominantemente.

L’officina gramsciana ha abierto un campo de estudio que durante varios años permaneció, por así decirlo, inexplorado. Como prueba de ello, las discusiones sobre la nueva Edición Nacional, que tuvieron lugar en los primeros años noventa, si bien contasen con el confiable empeño del Instituto Gramsci, fueron escenario de discusiones no solo controvertidas (recordar que Valentino Gerratana se expresó contra el proyecto de una nueva edición crítica de los Cuadernos), sino también, en última instancia, confusas y dispersas. Al releerlas hoy se tiene la impresión de que el mundo de los académicos estaba casi completamente desprevenido ante el giro representado por un estudio filológico de todo el corpus gramsciano. ¿Compartes esta reconstrucción? ¿Podrías ofrecer tu propia reinterpretación correspondiente a esos años? ¿Crees que, en particular en las últimas dos décadas, las cosas han cambiado al respecto?

El panorama de hoy es ciertamente distinto. Basta echar un vistazo a las obras más importantes que se han escrito sobre Gramsci los últimos veinte años –tanto en Italia como en el extranjero– para comprender cómo una metodología rigurosa y un estilo de análisis basado en la plena adhesión a los textos ha ido ganando terreno.

La situación en las décadas de los ochenta y noventa era muy diferente. Mis investigaciones filológicas sobre los Cuadernos fueron completamente ignoradas durante muchos años, hasta que se empezó a hablar de una nueva edición crítica que formaría parte de una Edición Nacional integral de los escritos de Antonio Gramsci. Solo entonces Valentino Gerratana tomó posición sobre lo que propuse desde 1977, expresando, además de una enérgica (y comprensible) defensa de su edición, una clara oposición a mi criterio sobre los Cuadernos.

Creo que en el fondo había, tanto en Gerratana como en la mayoría de los que se alinearon inmediatamente con él, una concepción de la filología y del trabajo filológico no muy distante de la idea negativa que Benedetto Croce había transmitido al respecto al hablar de la «crítica de los borradores». Cualquier intento de anclar la interpretación del texto a su constitución más solvente se etiquetaba con el despectivo término de «filologismo exasperado» (que Gerratana utilizó en la polémica en mi contra). Este, por cierto, era un enfoque bastante común en la Italia de esa época entre los historiadores del pensamiento (especialmente de orientación marxista). Nadie se habría atrevido a valorar como un menoscabo para un historiador de la filosofía antigua o medieval o de la primera modernidad (para citar campos historiográficos en los que la filología no solo siempre ha tenido plena ciudadanía, sino que también se ha considerado esencial para cualquier interpretación) cualquier esfuerzo ecdótico particular; en cambio, aquellos que se dedicaban de la misma forma al estudio de los manuscritos de un pensador contemporáneo eran vistos como enfocados en detalles triviales, incluso como víctimas de una especie de perversión bizantina.

Nunca he negado los innegables méritos de la edición realizada por Gerratana; en primer lugar, el de haber corregido la imagen producida por la edición de los Cuadernos de la cárcel de 1948-51 (en la que los apuntes de Gramsci –y no todos– se organizaron en seis volúmenes temáticos). Mientras que esta última sugería al lector que Gramsci había escrito libros en la cárcel (sobre materialismo histórico y Croce, sobre los intelectuales, sobre el Risorgimento italiano, etc.), la edición de 1975 puso el ″formato cuaderno″ en primer plano, buscando organizar los manuscritos en orden cronológico. Sin embargo, Gerratana tomó una decisión completamente arbitraria al excluir las traducciones de alemán y ruso que Gramsci había realizado en prisión (cuatro cuadernos y partes de otros dos), porque, a sus ojos, eran simplemente «un ejercicio distensivo y un entrenamiento mental útil durante un cierto período», por lo que claramente habrían estado «fuera del plan de trabajo propuesto por Gramsci en la redacción de los Cuadernos». Publicarlos «solamente habría complicado inútilmente una edición ya tan cargada».

En cuanto a los 29 cuadernos “teóricos”, debe decirse que incluso en esta segunda edición parecían textos que Gramsci había redactado casi como libros listos para su publicación: esto debido a las intervenciones editoriales realizadas por Gerratana y su équipe (normalización de la ortografía, frecuente pero no constante supresión tácita de las numerosas abreviaturas, indicación no sistemática de las variantes, silencio prácticamente total sobre correcciones, tachaduras y otros cambios de opinión del autor, etc.), que “modernizaban” los manuscritos aplicando los criterios editoriales de la editorial Einaudi. Además, algunas de las soluciones adoptadas generaban dudas, como el establecimiento del texto de cuadernos en los que el orden real de escritura no coincidía con la secuencia exterior de las páginas: en el caso de los Cuadernos 4, 7 y 10, los bloques de notas en su interior fueron reorganizados cronológicamente, mientras que no se hizo esto en los Cuadernos 8 y 14, donde se había determinado también la falta de correspondencia.

Presenté estas y otras objeciones a la edición de Gerratana, proponiendo además un conjunto de criterios que, en mi opinión, permitirían una datación más precisa de los cuadernos individuales o de las notas en su interior. Esperaba una discusión que partiera de ahí y se desarrollara en el ámbito filológico, sin embargo, esto resultó imposible. La disputa se desplazó al terreno político, donde se confrontaba el “verdadero” Gramsci (el de la edición de 1975) a un Gramsci embalsamado, además de políticamente desmantelado (el de los filólogos y, en general, el de los promotores de una Edición Nacional de sus escritos). Lo mismo sucedía fuera de Italia, por supuesto. En la segunda parte de L’officina, me dediqué a demostrar que lo afirmado por Perry Anderson en su obra The Antinomies of Antonio Gramsci (1977) no resistía una simple organización cronológica de las propias notas que Anderson citaba (no de la edición de Gerratana, ya disponible entonces, sino de alguna antología traducida al inglés). No se obtuvo respuesta del ilustre historiador. De hecho, hoy me sorprende ver que, en el prefacio a la nueva edición de su libro (Verso, 2017), Anderson haya reafirmado –cuarenta años después– su anterior lectura, considerando L’officina gramsciana una operación destinada a esterilizar el significado histórico y político del pensamiento del autor de los Cuadernos.

Con Gerratana, que no solo se oponía a una nueva edición de los Cuadernos que incluyera las traducciones, sino también a la idea de publicar la correspondencia completa de Gramsci, intercalándola con las cartas de sus destinatarios (lo que habría hecho desaparecer a las Cartas desde la cárcel como un texto unitario) se alinearon personajes como Nicola Badaloni, Eric Hobsbawm y Renato Zangheri: este último, que había sido nombrado presidente de la Edición nacional, en determinado momento renunció con una declaración polémica dirigida en mi contra, que se publicó en «l’Unità». Se necesitó la constancia y tenacidad de Giuseppe Vacca, quien devino presidente, primero, de la Fondazione Gramsci y luego, de la Edizione Nazionale, para finalmente inaugurar el nuevo proyecto con la primera publicación en 2007.

La nueva edición crítica de los Cuadernos de la cárcel difiere de la preparada por Valentino Gerratana en 1975 no solo por la diversidad de soluciones para cuestiones específicas, sino también porque presupone y tiene como fundamento una ecdótica integralmente diferente, como explicaste en varias ocasiones. ¿Puedes resumirla aquí, teniendo en cuenta también los resultados que se alcanzaron desde entonces, con la publicación del primer volumen y el primer tomo del segundo volumen?

Una edición crítica (y especialmente la edición crítica de un manuscrito que el autor no entregó a la imprenta) siempre es una representación específica de un texto, una representación que debe ser fiel primeramente y que debe reflejar la intención y la voluntad del autor. “Fidelidad” no significa mera transcripción literal (lo que antes se llamaba “edición diplomática”, un género que ya no se usa): para este tipo de “fidelidad”, hoy en día existen otras formas de publicar, como la reproducción fotográfica (yo mismo, con tu colaboración y la de Giuseppe Cospito, edité la Edición anastática de los manuscritos de los Cuadernos de la cárcel, publicada el 2009 por «L’Unione Sarda» y el Istituto della Enciclopedia Italiana) o la edición electrónica. La “fidelidad” de una edición crítica tiene que ver con su capacidad para restituir de manera clara la forma y el sentido general de lo que el autor plasmó en sus páginas.

Por tanto, en lo que respecta a los manuscritos de Gramsci, en primer lugar, era necesario asegurar la reproducción del texto en su integridad. En la nueva edición, que mantiene la clasificación de los Cuadernos hecha por Gerratana (numeración arábiga del 1 al 29: para los cuadernos misceláneos y “especiales”, y letras A, B, C y D: para los cuadernos de traducciones), el primer volumen publicado estuvo dedicado precisamente a las traducciones, excluidas de la edición anterior. En su introducción, Giuseppe Cospito demostró no solo la plena pertenencia de las traducciones al plan de trabajo de Gramsci (destacando el hecho de que, durante una primera parte de su trabajo en la cárcel, se dedicó a traducir, antes de comenzar la redacción regular de las notas), sino también las múltiples conexiones que se pueden establecer entre los textos traducidos y los temas que son objeto de reflexión en los demás cuadernos.

En segundo lugar, se estableció una organización de los manuscritos que refleja el orden que Gramsci quiso darle a su escritura, distinguiendo entre ellos los cuadernos dedicados a las traducciones, los destinados a notas misceláneas y los cuadernos donde se reestructuran monográficamente algunos materiales ya redactados (los «especiales»). Por tanto, los tres volúmenes de la nueva edición se titulan, Cuadernos de traducciones (1929-1932), Cuadernos misceláneos (1929-1935) y Cuadernos «especiales» (1932-1935).

En tercer lugar, se otorgó una nueva disposición del texto de los cuadernos dentro de cada una de las tres secciones que permite al lector entender cómo trabajaba Gramsci, en particular cómo y de qué forma construyó secuencias de notas escritas en paralelo, pasando de un cuaderno recién terminado a otro que representa su “sucesor” inmediato o dividiendo un cuaderno para destinar la primera mitad a un trabajo específico y la segunda mitad a otro diferente. En este último caso, Gramsci logra sortear, al menos en parte, el límite impuesto por los carceleros sobre la cantidad de libros y cuadernos que podía tener en su celda (en total, no más de cuatro a la vez) y actúa como si estuviera escribiendo en dos cuadernos diferentes (también sucede que la recuperación posterior de páginas en blanco estructuran al manuscrito hasta subdividirlo en cuatro bloques distintos, como en el Cuaderno 4). En la nueva edición, la característica de aquellos denominados “cuadernos mixtos” no se suprime (como en la edición de Gerratana), sino que se hace inmediatamente visible distinguiendo cada bloque con una letra minúscula entre corchetes (por ejemplo: Cuaderno 4 [a], [b], [c] y [d]). Dentro de cada sección, los cuadernos se disponen según su fecha de inicio, reconstruida de manera hipotética, y también dentro de los ″cuadernos mixtos″, los bloques internos se suceden en el orden en que Gramsci los inició, independientemente de su ubicación física en el manuscrito.

El cuarto y no menos importante elemento de la nueva edición es el aparato crítico a pie de página, que reporta el trabajo de corrección de Gramsci en sus páginas –supresiones, variantes, adiciones interlineales y/o marginales– y no solo tiene el propósito de informar al lector sobre lo que antecede al resultado final del manuscrito, sino que también ayuda a comprender mejor su contenido. Mencionaré dos ejemplos del primer tomo de los misceláneos: en el Cuaderno 1, § 17, después de citar una afirmación de Domenico Claps sobre un libro de Riccardo Balsamo-Crivelli, –«”¿quién iba a decir que este libro (Cammina… cammina…) se convertiría en un texto de lengua en la Universidad de Frankfurt?”»– Gramsci comenta: «¡Ay, de él! ¡una vez, antes de la guerra, en la Universidad de Estrasburgo, usaban «Le cartoline del pubblico» como texto de enseñanza del idioma», pero en el manuscrito, la proposición contenía inicialmente un fragmento eliminado posteriormente, confirmando la estrecha relación que Gramsci mantenía con su profesor de lingüística en la Universidad de Turín: «¡Ay, de él! El profesor Matteo Giulio Bartoli dijo una vez, antes de la guerra, en la Universidad de Estrasburgo…». En el Cuaderno 4 [c], Gramsci concluye una nota extensa dedicada a El principio educativo en la escuela primaria y media (§ 7) con la frase: «si se quiere crear un nuevo cuerpo de intelectuales, hasta las más altas cimas, de un estrato social que tradicionalmente no ha desarrollado las aptitudes psicofísicas adecuadas, deberán superarse dificultades inauditas», después de lo cual escribió inicialmente las palabras: «y el camino también estará sembrado de cadáveres», que luego eliminó: un final excesivamente dramático –suprimido por ello– pero que arroja una luz más clara sobre el significado de las «dificultades inauditas» a las que alude.

Por último, sobre la parte del comentario. Las notas de la edición Gerratana tenían la intención de proporcionar al lector toda la información posible sobre las fuentes citadas explícita o implícitamente por Gramsci. Es un recurso valioso que hemos seguido, verificado, corregido y complementado. Sin embargo, el comentario de un texto como este no puede limitarse a sus fuentes: debe tener la capacidad de explicar las referencias crípticas o alusivas a eventos y personajes de la vida política y cultural de la época, y especialmente debe señalar el emerger de conceptos en la reflexión de la cárcel, relacionándolos tanto con las notas y cuadernos contemporáneos o posteriores, como con las cartas y escritos anteriores a su encarcelamiento. En otras palabras, debe poder captar el «ritmo del pensamiento en desarrollo», para usar la conocida expresión de Gramsci. El comentario del primer tomo de los Cuadernos misceláneos, que G. Cospito preparó, junto a ti, con tanta prolijidad, demuestra de manera concluyente que no existen dos Gramscis, uno antes de la cárcel y otro el de los Cuadernos, sino un pensador que, por un lado, retoma y perfecciona las categorías que había forjado antes de su detención, y por otro, las corrige, a veces de manera radical, a la luz de una nueva mirada integral con la que se esfuerza por interpretar la historia contemporánea. La “lectura diacrónica de los cuadernos” a la que tú, G. Cospito y mi persona nos hemos referido en distintas ocasiones, se realiza, en primer lugar, a través de un comentario detallado del texto.

Gramsci es un autor del cual se está debatiendo en este momento en Italia, Europa y el mundo. Sus obras están siendo traducidas y publicadas o republicadas, dedicándosele conferencias, cursos e incluso “monumentos”. Como suele suceder en estos casos, la notoriedad atrajo la atención de académicos serios y de otros no tanto. Me refiero en particular a las recientes controversias sobre la supuesta falta de uno de los cuadernos pertenecientes al legado carcelario de Gramsci. Tuviste la oportunidad en su momento de intervenir en este asunto con un artículo publicado el 2 de febrero de 2012 en “l’Unità” bajo el título sugestivo La leyenda del cuaderno “robado” ¿Podrías resumir los términos de tu argumentación? ¿Crees que hay algo que agregar, aclarar o corregir respecto a tu postura?

Sigo aseverando que se ha construido un castillo de conjeturas sin fundamento sólido en torno a la numeración dada por Tatiana Schucht a los cuadernos, después de la muerte de Gramsci. La investigación realizada en mayo de 2013 sobre las etiquetas de algunos cuadernos por parte del Instituto Central de Restauración y Conservación del Patrimonio Archivístico (los informes sobre los resultados del análisis están disponibles en la página web de la Fundación Gramsci) confirmó mi convicción, que intentaré argumentar con más detalle:

Partamos de un hecho concreto. De los 35 cuadernos de Gramsci que poseemos hoy, 30 son cuadernos escolares normales (de dimensiones no superiores a 15 x 21 cm), incluidos los denominados Cuadernos 17 bis y 17 ter, que Gramsci recibió poco antes de partir de Turi –y, por tanto, llevan los sellos de registro de la prisión– pero los dejó en blanco durante el tiempo que permaneció en Formia y Roma, cuando, a pesar de continuar detenido, tuvo la oportunidad de usar cuadernos no sellados. De los otros cinco (que indicaré con la numeración de Gerratana), uno, el Cuaderno D, es un álbum de dibujo (15,8 x 23 cm), mientras que los cuatro restantes son cuadernos de registro de formato más grande (Cuaderno 10: 20,8 x 26,7 cm; y, Cuadernos 12, 13 y 18: 21,8 x 31,2 cm).

El inicio de los cuadernos de formato grande se remonta a un período comprendido entre enero (Cuaderno D), abril (Cuaderno 10) y mayo de 1932 (Cuadernos 12 y 13). Solo el Cuaderno 18, que tiene las mismas características externas que el Cuaderno 13 –el «especial» sobre Maquiavelo– y que claramente representa su continuación, es de una fecha posterior (finales de 1934), que fue elegido para continuar el Cuaderno 13 precisamente por su parecido a este. En general, Gramsci los encontraba «incómodos y demasiado grandes», prefiriendo cuadernos normales «como los escolares, de no más de 40 o 50 páginas», según cuanto escribió a Tatiana el 22 de febrero de 1932.

Después de haber escrito: «Primer cuaderno» al comienzo del Cuaderno 1, Gramsci no numeró sistemáticamente sus cuadernos. Excepto por un intento realizado en 1932, que fue abandonado pronto, llegando a escribir los números «I», «II» y «III» en la cubierta de los Cuadernos 8, 9 y 10, un «1° bis» en el anverso de la hoja de guarda (la portada es negra) del Cuaderno 11 y un «2 bis» en la cubierta del Cuaderno 16 (que luego borró; la misma indicación, repetida en la h. 1, fue suprimida y reemplazada por él con el título del cuaderno: «Temas de cultura. 1°»).

Después de la muerte de su cuñado y antes de enviar los manuscritos a Moscú, Tatiana decidió, como es conocido, otorgar un número a cada cuaderno, pegándoles una etiqueta en la cubierta (con un número en cifras romanas e indicaciones sobre la cantidad de páginas escritas) y otra más pequeña en el lomo (con el mismo número en cifras arábigas). Tal asignación tenía un exclusivo propósito de inventario, por cuanto no se planteaba como objetivo establecer una cronología de escritura. Dado su procedimiento, podemos suponer que Tatiana haya numerado los cuadernos según su posición en la pila de cuadernos que tenía frente a ella. Esta pila presentaba ordenadamente, en la parte superior, los cuadernos escolares normales y, en la inferior, los de formato más grande. Esta circunstancia   está   respaldada   por   el   hecho   de   que  los Cuadernos 1-9, 11, 14-17, 19-29, A, B, C (todos de formato normal) reciben los primeros números del I al XXVIII.

Entre tales “normales” se encuentran manuscritos que fueron objeto del intento de numeración en 1932, es decir, los Cuadernos 9, 11, 16 y 8 (que fueron clasificados por Tatiana como XIV, XVIII, XXII y XXVIII). Tatiana pudo haber confundido los números escritos por Gramsci en las etiquetas editoriales preimpresas de los Cuadernos 8 y 9 con anotaciones de los carceleros (el número aparece, en el primero, junto al número de matrícula; en el segundo, entre este y la indicación sobre el número de hojas, firmada por el director Parmegiani) y, probablemente no vio los números que Gramsci había otorgado al Cuaderno 16 (siendo poco distinguible en el fondo azul de la portada) y al Cuaderno 11 (que tenía el número en el interior y no en la cubierta).

Después del cuaderno que cataloga con el número XXVIII, Tatiana debe numerar todavía los cinco cuadernos más grandes, y en lugar de continuar con XXIX, retoma desde XXXI. ¿Cuál la razón de este salto en la numeración? Evidentemente, fueron contados inicialmente también los Cuadernos 17 bis y 17 ter, a los que les colocó las mismas etiquetas, aunque sin llenarlas (¿aún no?). Asignando, por tanto, el número XXXI al Cuaderno 13, XXXII al Cuaderno 12 y XXXIII al Cuaderno D. En el siguiente cuaderno, el 18, no pega etiqueta ni frontal ni en el lomo, pero escribe en el espacio de la cubierta, donde normalmente coloca la etiqueta, un pequeño «(34)» con lápiz, destinado posiblemente a ser sustituido luego por la etiqueta con el número romano.

Es probable que entonces Tatiana haya decidido no contar ninguno de los Cuadernos 17 bis y 17 ter (y dejar sus etiquetas vacías) porque Gramsci ni siquiera los había comenzado. Modificando parcialmente la numeración anterior, cubriendo o retirando las antiguas etiquetas (de las cuales aún quedan fragmentos legibles) y reemplazándolas por etiquetas nuevas. Después de asignar definitivamente los números XXIX al Cuaderno 12, XXX al Cuaderno 13 y XXXI al Cuaderno D, Tatiana termina pegando etiquetas en los Cuadernos 18 y 10 con XXXII y XXXIII. Sin embargo, en la cubierta de estos dos últimos cuadernos ya existen números, que son claramente visibles: en el Cuaderno 10, como se mencionó anteriormente, un «III», junto al número de matrícula y sobre el título La filosofía de Benedetto Croce (¿escrito por Gramsci?); y, en el Cuaderno 18 –además de ese «(34)» que ella misma había anotado– un «N 4» escrito al centro con lápiz rojo (de un pulso hasta ahora no identificado, pero que ciertamente no es el de Gramsci). Posiblemente entonces Tatiana se percata de la numeración original que Gramsci había otorgado a los Cuadernos 8 («I») y 9 («II»), preguntándose por un momento si debía mantener los números que se exhiben en los últimos dos cuadernos de la pila, registrándolos como «III» y «IV» en etiquetas separadas, pudiendo haber descartado esta solución porque en su catalogación los números III y IV ya estaban asignados (a los Cuadernos 28 y 17, respectivamente). En cualquier caso, en este punto su labor se detiene definitivamente, sin ninguna intervención en los dos últimos cuadernos. Será Gerratana posteriormente quien complete la numeración de Tatiana, registrándolos como: «Cuaderno 10 (XXXIII)» y «Cuaderno 18 (XXXII-IVbis)».

Creo que las erróneas interpretaciones de las correcciones que Tatiana hace en su inventario se deben al hecho de no haber tenido en cuenta la presencia de los Cuadernos 17 bis y 17 ter. Esto también es un aspecto significativo de la actitud no filológica con la que durante mucho tiempo han sido tratados los manuscritos de Gramsci. Esos dos cuadernos no   escritos, de los que nadie habló durante más de cincuenta años, y que estaban incluidos en la pila que Tatiana tenía frente a ella cuando numeraba los cuadernos (como lo demuestra el hecho de que les adhirió etiquetas), estaban entre los manuscritos enviados a Moscú a finales de 1938, entre los que regresaron de Moscú a Roma en 1945, y, finalmente, entre los que el PCI confió al Instituto Gramsci, donde permanecen. Los encontré en julio de 1991 en una de las dos cajas del Fondo Gramsci donde se guardaban los manuscritos originales (así lo informé por primera vez en las Proposte per una nuova edizione dei «Quaderni del carcere», publicadas en 1992 en el boletín del Instituto Gramsci «IG Informazioni», llamándolos, precisamente, 17bis y 17ter porque eran idénticos al Cuaderno 17 y, como este, estaban visados por el director de la prisión Pietro Sorrentino). Las portadas y las páginas 1a-2a y 40r se incluyeron en la edición anastática de los manuscritos.

Sería apropiado ampliar la investigación y ver si también bajo las etiquetas de las cubiertas y los lomos de los demás cuadernos hay rastros de numeraciones anteriores. Pero incluso sobre la base de los datos disponibles hasta ahora, me parece que la explicación que he dado sobre las lagunas y correcciones en la numeración de Tatiana aclara cualquier imaginaria “dietrología”. Considero imposible deducir de ello, no digo la prueba, sino ni siquiera una sólida indicación de que uno (o más de uno, según versiones planteadas posteriormente) de los cuadernos de Gramsci, en algún momento (¿antes del envío a Moscú? ¿después del retorno de los manuscritos a Italia?) haya sido sustraído (¿por Sraffa? ¿por Togliatti?). Además, si la sospecha de la desaparición de uno o más cuadernos se basa en las imprecisiones y correcciones en la numeración de Tatiana, también se debería concluir que el manuscrito o los manuscritos presuntamente desaparecidos debían ser necesariamente de ese formato grande e incómodo que Gramsci usó solamente en la primera mitad de 1932, siendo que prefirió, antes y después de entonces, los cuadernos escolares normales.

Lo que no encajaría bien con la suposición, que también se planteó, según la cual el faltante sería un “cuaderno de las clínicas”, es decir, del período de Formia (desde diciembre de 1933 hasta agosto de 1935) o de Roma (desde agosto de 1935 hasta abril de 1937).

Finalmente, no me parece convincente en absoluto la idea de que entre los manuscritos de Gramsci pudiera haber algunos tan incómodos para el PCI, por su contenido, como para hacer necesaria su desaparición. La posición crítica –”herética”, me atrevería a decir– de Gramsci respecto al marxismo de la Tercera Internacional y la política de la Unión Soviética ya era legible en los cuadernos disponibles, y no parece creíble que fuera necesario eliminar uno o más cuadernos para ocultar esta distancia. Si el motivo de la desaparición era la heterodoxia teórica y política del autor de los cuadernos, el fantasmal “agente de censura” de su pensamiento habría tenido que eliminar todos, o al menos una buena parte de ellos.

Nota: Publicado originalmente en Gramsci, ayer y hoy. Selección y traducción de Mauricio Lucio Maldonado. La Riel editores, pensamiento crítico, El Alto (Bolivia), 2024.


[*] En 1990 se instituyó la comisión científica que se encargó de elaborar el plan de la obra y organizar su ejecución; en 1998 se aprobó la publicación definitiva del proyecto en cuatro secciones o partes, para las cuales se asumieron las siguientes denominaciones: Escritos 1910-1926 bajo la dirección de Leonardo Rapone (por ahora han sido publicados: vol. 1, 1910-1926 editado por G. Guida y M. L. Righi, Istituto della Enciclopedia Italiana, Roma, 2019; vol. 2, 1917, editado por L. Rapone, con la colaboración de M. L. Righi y la contribución de B. Garzarelli, ibid., 2015); Quaderni del carcere 1929-1935 bajo la dirección de Gianni Francioni (publicados: vol. 1, Quaderni di traduzioni 1929-1932, editado por G. Cospito y G. Francioni, ibid., 2007; vol. 2, Quaderni miscellanei 1929-1935, editado por G. Cospito, G. Francioni y F. Frosini, Tomo 1, que contiene los Cuadernos 1-4, ibid., 2017); Epistolario 1906-1937 bajo la dirección de Chiara Daniele (publicados: vol. 1, Gennaio 1906-dicembre 1922, editado por D. Bidussa, F. Giasi, G. Luzzatto Voghera y M. L. Righi, con la colaboración de B. Garzarelli, L. P. D’Alessandro, E. Lattanzi, L. Manias y F. Ursini, ibid., 2009; vol. 2: Gennaio-novembre 1923, editado por D. Bidussa, F. Giasi y M. L. Righi, con la colaboración de L. P. D’Alessandro, D. Lattanzi y F. Ursini, ibid., 2011); y, Documenti (publicado: vol. 1, Appunti di glottologia 1912-1913. Un corso universitario di Matteo Bartoli redatto da Antonio Gramsci, editado por G. Schirru, ibid., 2016).

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